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lunes, 18 de noviembre de 2013

Batallas del abuelo: Puta mili.

No me gusta poner palabras malsonantes o muy sonoras porque enseguida me fichan los que espían la red esta en la que ahora nos movemos. Me da igual, porque el espíritu necesita semejante calificativo.
Se cumple ahora un aniversario un tanto peculiar y muy, muy personal.

 El 22 de noviembre de 1983, hace un cerro de años, terminé la mili. Aquel servicio militar obligatorio que te convertía en hombre (decían) y servía para aprender a escaquearse, a no decir una palabra de más y sobre todo a no destacar. Ahora que está tan de moda lo de ser emprendedor, allí aprendías a diluirte en la masa porque si destacabas por arriba o por abajo la ibas a pringar. También desarrollabas un radar que te permitía eludir al mangui (que los había y MUY manguis) o pegarte a gente como tú. Juntarte con tanta gente, tan distinta, tan variopinta tenía esas cosas.
A mí no me enseñaron a disparar, pero sí probé distintos aparatos de esos que pesan como el demonio, disparan balas que matan (que es una cosa muy seria) y te queman como no las cojas por donde debes: la pesada pistola Star de 9mm, la MG42 (diseño alemán de la II Guerra Mundial y que se mantiene como algo casi perfecto), el subfusil "Zeta" (versión ibérica del sumachingun del narco Pazos en la peli "Airbag") y el sempiterno CETME o chopo, fusil de asalto hecho en Getafe,  modernizado por técnicos alemanes refugiados en España a partir del Sturmgewher 44, invento que apenas empezaron a probar en el año 45 cuando se les echaban encima las tropas del Ejército Rojo.

Allí aprendí lo que es la arbitrariedad, a no fiarme de nadie a la primera y a no creerme ni la mitad de la mitad de lo que me contaban. Sentí pena por alguna gente, que lo pasaba fatal porque era la primera vez que salían de su pueblo; pero pueblos perdidos en sierras más allá del horizonte (o sea, muy lejos), como el mecánico Puig Arbeig, de la Gerona profunda, que casi no entendía el castellano cuando llegó o el asturiano Pazos, que salió un domingo "de paseo" por Madrid y dijo que no volvía a salir del cuartel, que le agobiaba tanta gente. Los canarios lo pasaban muy mal también, tan lejos y por el frío.

Yo tuve la suerte de que me tocara el campamento, el CIR, en Colmenar, en la sierra de Madrid. Tuve suerte porque el final del 81 fue un año seco y no hizo demasiado frío. Después tuve aún más suerte y me tocó en un cuartel de Campamento, a diez minutos en autobús de casa. Y seguí estudiando en la escuela de Magisterio como pude, entre guardia y guardia (Avelino, el furriel, nos tenía manía a los de Madrid) con la inestimable ayuda de mi entonces novia Yuli y alguna que otra facilidad de algún profesor. Aún así me quedaron tres asignaturas que me dejé para "4º" (Magisterio tenía 3 años entonces).

Cía C Gral BRIMZ XI reemplazo 80 / 7º
La puta mili no sirvió más que para conocer a algunas gentes realmente majas, como Gonzalo Enguita Parra, al que he "recuperado" en el facebook y otros madrileños entonces estudiantes con prórroga, que la anularon cuando vieron que les tocaba en Madrid. Me acuerdo de Gago, Bonilla y Fletes (DEP); Agustín, que tenía un bar en el Paseo de los Jesuítas), César Pelegrina y otros.





De la gentuza (soldados de reemplazo y militares a partes casi iguales) prefiero no acordarme. Han pasado muchos años; unos estarán tan viejos como yo; otros se habrán jubilado y lo mismo se han retirado del mundo. Hasta los cuarteles, afortunadamente, los están tirando.
Último servicio de soldado.
Siempre se puede pensar que una experiencia en la que conoces gente y aprendes a hacer cosas nuevas puede ser interesante. Yo así lo creo, pero estaba mal diseñada. Estaba hecha en función de consideraciones de otro siglo, con mentalidad chusquera, adoctrinadora que chocaba con la realidad de una sociedad demandante de cambios. De hecho, el 23-F tenía muchos apoyos aún. Si de aquella hubiesen diseñado un servicio militar tipo Suiza, moderno, variado, formador, habrían contado con mi apoyo. Ahora me limito a pensar que a los chavales como mi hijo les vendría bien salir al mundo y ver que no todo es comodidad y facilidades. Nada más.

Estudié y aprobé el curso de cabo y de cabo 1º. Ya ves tú. Para quitarme garitas. No me quejo, tuve suerte: salí entero, vivo (había atentados en los que palmaban conductores y escoltas que eran soldados de reemplazo), sin engancharme al tabaco (el costo llegó después) ni al alcohol. Sé de muchos que lo pasaron muy mal, porque la tomaban contigo cuatro abusones que iban de matones por la vida y los militares pasaban. Únicamente les preocupaba leer el boletín para ver si palmaba no sé quién y ascendían de brigada a subteniente.

Me largué del cuartel muy deprisa, en cuanto tuve la cartilla, "la blanca" la llamábamos, en el bolsillo. Adiós. Fui a sellarla (porque el sistema era tan obtuso que pretendía tenerte fichado hasta los 45 o 50 años) al comienzo del año siguiente (el 84), para conseguir la licencia definitiva. Luego parece ser que había que seguir yendo a sellar cada x años. No lo sé. En el 84 fui al gobierno militar y le dije al "calimero" de la Policía Militar a lo que venía. Me indicó un cola de 30 personas... miré la cola, le miré a él y le dije: "Mira, chaval, la cola la haces tú y el ministro de Defensa" y me largué.
Puta mili.

Disfruten, que ahora no hay tal.


lunes, 5 de noviembre de 2012

BICI: algo más que dos ruedas y cuatro letras.

Este maldito Madrid tiene, aparte de unos alcaldes inclasificables e incomprensiblemente votados, un añadido que le diferencia de muchas ciudades europeas y españolas: el río Manzanares. No lo digo por su caudal, puesto que no es el Kwai ni el Danubio, ni el Zambesi africano, pero fastidia mucho a cualquier ciclista porque supone una herida en el paisaje, accidente que aprovecharon los moros que fundaron el castillo aquel en lo alto del cerro, donde está ahora el Palacio de Oriente.
El río supone un obstáculo considerable cuando ruedas en bicicleta, una uve impresionante si tienes que subirla/bajarla y viceversa a la vuelta. Si se consigue completar el recorrido sin sudar demasiado y sin que te tire una conductora cagaprisas o un "fragonetero" agresivo, lo de "impresionante" se queda corto. Lo que pasa es que si lo repites por partida doble y a diario, al final te tocará la lotería. Pero no iba la entrada de hoy por el transporte alternativo, saludable, sostenible, poco contaminante y barato, sino por lo que ha significado y significa la bicicleta para muchos de nosotros y, particularmente, mi familia.

Mi padre posa con su Berrendero
Mi hijo el pequeño ha tenido en sus escasos once años tres bicicletas distintas. Ni de lejos ha apreciado ninguna lo que yo la "BH", una burra plegable de color azul a la que yo luego pinté de blanco y negro al estilo cebra. Me la regalaron el día que cumplí 12 años, en 1973. Este pasado fin de semana me he dado en ella unos paseítos tranquilos, porque aún la tengo. No solo es por cariño, es que es más cómoda que muchos sillones en los que me haya sentado.
En mi familia, la bici siempre ha significado algo más que un mero juguete. Cuando éramos unos críos, montar en bici era toda una liberación: podías ir "más allá", aunque fuese a la esquina. Ya no te digo andorrear por la Casa de Campo los domingos. Era mucho más que sentir el aire en la cara o hacer ejercicio: era libertad. Y en aquellos tiempos, eso era algo muy escaso. Yo fui un afortunado, porque en mi casa siempre hubo bici. Pequeña y pesada, con frenos de hierro y no de cable. Pero recuerdo que había familias en mi barrio que cuando los Reyes traían "LA" bicicleta, no había más regalo en la casa. Es decir: la bici y solo la bici para todos. Y ¡hala! a hacer cola para montar, que, generalmente, significaba ir y venir hasta la esquina de la calle.

Cabo cartero Sanz Carro
Mi padre ahorró como hormiguita de fábula de Esopo, La Fontaine o Samaniego para poder comprarse la Berrendero. ¡Menuda máquina! En la mili (mili de los años 40, claro) fue cabo cartero. Todos los días salía desde el cuartel en El Goloso hasta Correos, en la Plaza de Cibeles. Recogía el cargamento de cartas, giros y paquetes. Se lo echaba a la espalda y a pedales hasta El Goloso. Los que no sepan donde está, les diré que más al norte que la actual Universidad Autónoma, antes de Tres Cantos por la carretera de Colmenar. Yo no secundo el esgrimir la teoría del cambio climático cuando hace frío en invierno o calor en verano, pero desde luego que en aquellos años no había ni tinsulate, ni goretex, ni se había Decathlon que vendiese ropa para ciclista: papel de periódico en el pecho, jersey, bufanda, guantes y todo lo que se pudiese poner encima... que pasó frío en invierno, vamos.

A lomos de mi BH
Luego y dependiendo de las circunstancias de cada uno, hemos seguido con la bici a vueltas. Yo me he tirado veranos enteros en la playa sin andar más de cuarenta metros, porque enseguida agarraba la "cebra" para ir a por el pan, a ver cómo estaban las olas, a charlar con la vecina de la esquina o a ver si los colegas estaban listos para echar un partido o gamberrear por la tarde en la playa.

Pepe subiendo el Hautacam
Mi hermano Pepe no ha dejado de dar pedales desde que -precisamente- dejó la mili y el tabaco; muy mal tiene que estar el tiempo para que no se dé su voltio de 80 o 90 kms diarios y más ahora que está prejubilado y tiene las mañana libres.



Coll de Rates desde arriba
(I-D) Armin Steiner, el chache y Óscar Castillo
Uno hace lo que puede, no llego a tanto ni estoy prejubilado. En Robleluengo recorro pistas, veredas y carreteras a veces con desniveles impensables. Pero la verdad es que el esfuerzo siempre merece la pena, especialmente cuando ves desde arriba la carretera que has subido. Ya no te acuerdas del dolor en los muslos, en las rodillas, en los pies, del aire que no entra a los pulmones, del moco que se te cae, las gotas de sudor que se te meten los ojos... y te comes la fruta o el bocata con auténtico placer. Y pretendes seguir disfrutando. A veces, la vuelta es cuesta abajo y más fácil por tanto.


Disfruten.

Les dejo este enlace para que se rían un poco: http://www.youtube.com/watch?v=YBHAacFAVPc